¿Desde cuándo no pruebas un tomate de verdad que huela y sepa a tomate? Ésto se ha perdido, igual que el sabor de un buen melocotón. El melocotón hasta te puede engañar vilmente: huele muy bien, lo pelas sintiendo su piel suave, te chorrea su jugo entre los dedos y ¡zas!, no sabe a nada. Una decepción similar a la de los melones: son como amores fugaces de verano.

Me gusta pensar que los tomates están secuestrados por los agricultores y que nos mandan los de mentira, de un plástico especial comestible. Así ellos los disfrutan en la intimidad de sus hogares, porque no los hemos valorado: ni a ellos, ni a los tomates. Y nos tenemos que conformar con los de goma espuma, que están muy conseguidos, todo hay que decirlo, pero sólo por fuera.
En una sociedad donde no se valora el trabajo de los agricultores, cansados de los abusos y amenazas de los mayoristas de comprar más barato en el exterior, cada vez somos más conscientes de lo que compramos, o por lo menos deberíamos serlo. Buscamos productos locales y/o españoles y es la responsabilidad individual la que hará que esto vaya a mejor, si lo hacemos bien y no compramos patatas francesas o naranjas sudafricanas.
En este punto quiero hacer un llamamiento de ayuda a la población española para que nos devuelvan los genuinos y sabrosos tomates secuestrados: si todos contribuimos quizás sea éste el rescate que están buscando los agricultores. Quizás así nos devuelvan lo que es nuestro: el sabor y el olor de un tomate de pura cepa.
Así en confianza, ¿en qué has pensado cuando has visto la foto del melocotón?
Bueno, a lo que íbamos: por favor sé más guay de lo que ya eres e intenta comprar verduras y frutas españolas. Vamos a apoyar a los secuestradores.
Como colofón a esta historia de añoranza os dejo con la «Oda al tomate» de Pablo Neruda, el cual nos recuerda que podemos encontrar belleza en lo mundano. Nos invita a estar en lo que estamos y a fijarnos en los detalles con los cinco sentidos. Quisiera volver a gozar del sabor, el color, la textura y el olor de un buen tomate.
Oda al tomate
La calle
se llenó de tomates,
mediodía,
verano,
la luz
se parte
en dos
mitades
de tomate,
corre
por las calles
el jugo.
En diciembre
se desata
el tomate,
invade
las cocinas,
entra por los almuerzos,
se sienta
reposado
en los aparadores,
entre los vasos,
las mantequilleras,
los saleros azules.
Tiene
luz propia,
majestad benigna.
Debemos, por desgracia,
asesinarlo:
se hunde
el cuchillo
en su pulpa viviente,
es una roja
víscera,
un sol
fresco,
profundo,
inagotable,
llena las ensaladas
de Chile,
se casa alegremente
con la clara cebolla,
y para celebrarlo
se deja
caer
aceite,
hijo
esencial del olivo,
sobre sus hemisferios entreabiertos,
agrega
la pimienta
su fragancia,
la sal su magnetismo:
son las bodas
del día,
el perejil
levanta
banderines,
las papas
hierven vigorosamente,
el asado
golpea
con su aroma
en la puerta,
es hora!
vamos!
y sobre
la mesa, en la cintura
del verano,
el tomate,
astro de tierra,
estrella
repetida
y fecunda,
nos muestra
sus circunvoluciones,
sus canales,
la insigne plenitud
y la abundancia
sin hueso,
sin coraza,
sin escamas ni espinas,
nos entrega
el regalo
de su color fogoso
y la totalidad de su frescura.
Pablo Neruda.