En unos días podrías haber estado sentado en tu salón con la pierna escayolada o con una cadera rota. Cada año hay decenas de accidentes por culpa de la cera de los penitentes que cae al suelo: resbalones de viandantes y derrapes de motos sobre todo. Que nadie se sienta ofendido/a, por favor. Ojalá que todo esto no estuviera pasando, pero ya que está pasando habrá que consolarse con algo. Y a continuación voy a contaros todo lo positivo que se me ha ocurrido.
Pues como te iba contando, siéntete afortunado porque te has librado de un buen resbalón, querido peatón. Y los ayuntamientos se librarán así de las indemnizaciones que tenían que pagar por esto. Los servicios de limpieza ya no tendrán que recoger los kilos y kilos de cáscaras de pipas que los ciudadanos ejemplares tiraban al suelo sentados en sus palcos. No llegaré a entender nunca porqué no se las meten en el bolsillo o en una bolsita para luego tirarlas. También las podrían guardar para ponérselas de uñas al llegar a casa (seguro que lo hiciste alguna vez).
Lo más reconfortante son los efectos positivos sobre el medio ambiente: reducción de la contaminación, disminución del comercio ilegal de fauna silvestre que ponía en peligro muchas especies, la contaminación acústica y las aguas cristalinas en Venecia, por ejemplo. Se podrían enumerar muchos más efectos positivos, pero quiero ir más al detalle.
Los patios cordobeses tienen que estar preciosos: este año las flores no sufrirán estrés fotográfico lo cual derivará en una frondosidad salvaje y bella lejos de miradas forasteras.

Nuestra piel lucirá limpia y resplandeciente al no tener que maquillarnos cada día (aunque yo no lo hacía antes, ahora lo hago para tener buena cara en las vídeo llamadas). ¿Y qué me decís del pelo? Los/as que usaban diariamente la plancha o el secador para lucir pelazo cual princesas de Disney ahora lucirán como leones en la sabana africana. Será como una desintoxicación de fachada, una vuelta a las cavernas y al «yo real». Fuera uñas postizas, fuera tintes y fuera ropa apretada. Eso sí, de vez en cuando pruébate los vaqueros que son la vara de medir.

¿Volverán las oscuras golondrinas en tu camisa nueva a cagar? ¡Claro que no! No les estamos dando la oportunidad porque los parques están cerrados. Seguirán cagando pero no encima tuya. ¿Y qué me decís de esos olores a tigre en el metro o en el bus a hora punta? Te los estás ahorrando. No te habías parado a pensar en esto, sé que te estoy alegrando el día.
Menos accidentes de tráfico, menos robos, menos droga, menos malotes por la calle. Quizás estás vivo gracias al coronavirus: ibas a ser la próxima víctima de un asesinato macabro y premeditado o uno casual porque te habían confundido con un marido infiel.
¿Y todos esos padres y madres que están ahora conociendo a sus hijos? Algunos se acaban de enterar de que tenían tres y no dos. Otros se han llevado gratas sorpresas y agradecen que les hayan salido normales pese a todo. Y la mayoría están agradeciendo con lagrimones en los ojos que maestras/os, abuelos/as y canguros hayan pasado tanto tiempo con ellos y no hayan tirado la toalla. Ésto les da fuerza para seguir.
Mi apoyo a todos los asociales del planeta que no tendrán que poner excusas para no asistir a los compromisos y reuniones sociales; vivirán a sus anchas, como hasta ahora lo han hecho, sin estrés ni culpa. De hecho hay muchas personas que no se han enterado aún del estado de alarma: es su estado normal.

¡Ya estáis buscando una hucha de barro cocido con forma de cerdito! Meted todo lo que os estáis ahorrando en gorrillas, zona azul, desayunos, comidas y cenas fuera de casa, en ropa, en peluquería, en cupones y euromillones, en canguros, en academias de inglés y baile moderno, en clases de cocina vegana… En octubre nos vamos de viaje a Canarias en avión privado: sin planchas, sin maquillaje, con la piel reluciente y con pantalones anchos porque los vaqueros… ¡Te lo advertí!