♫ La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ♫

Por la mañana, antes de irme al trabajo, se me había encomendado la misión de sacar del congelador 4 lomos de merluza para la comida. Solo tenía que levantarme, vestirme, desayunar, lavarme los dientes, abrir el congelador y cumplir con mi tarea para poder alimentar de manera saludable a dos personas a la hora de comer.

Una receta fácil: merluza a la plancha con algo de verdura de acompañamiento. Yo me encargaba, era mi cometido, asumí la responsabilidad. Pero algo tan fácil a veces puede complicarse: la mente no retiene, la cabeza no está donde debe y no presta atención a esos detalles pequeños, los del día a día. También puede ser que estuviera medio dormida cuando me dieron la orden y di mi ok en medio de mi estado de duermevela.

Figura 1. Prueba gráfica.

Cogí el coche y arranqué en dirección al trabajo sintonizando Radio Clásica, después de darme un paseo por todas las emisoras de noticias buscando alguna buena nueva, la cual no encontré; por ello terminé escuchando a Vivaldi, sonriendo extasiada mientras contemplaba los árboles que pasaban raudos a cada lado de la carretera, fascinada por la paleta de verdes y embriagada por el chupito de aguardiente que me había tomado con el café… ¡Era broma! Vivaldi fue el culpable.

Ahí estaba yo, tan feliz, pasando la mañana sin saber que mi mente había bloqueado esa orden y no la había llevado a cabo. Llega la hora de coger el coche de vuelta a casa y ¡ZAS!: me acuerdo en ese justo momento de que no tengo nada preparado para la comida. Arranco, meto primera, segunda y voy haciendo una lista mental de lo que tengo en la despensa y en el frigorífico. Hago el stop, giro a la izquierda y a diez metros veo el cartel de una pescadería. Really George? Llevo haciendo este mismo recorrido seis años y es la primera vez que veo ese letrero.

Figura 2. ¡Una pescadería!

Supervivencia señores y señoras, eso es lo que es. Cuando estamos al límite, cuando fallamos, cuando no nos quedan alternativas o cuando creeremos que no nos quedan…Se enciende una luz, se abre una puerta, se ve con otros ojos. Frené en seco, aparqué en doble fila arriesgándome a que la policía me multara, entré en esa pescadería como alma que lleva el diablo y pregunté: – ¿desde cuándo estáis abiertos? – Pues llevamos aquí ocho años señora. – Oh, qué cosas. ¿Tiene merluza?

Pues sí, tenía merluza, y me tuve que llevar a casa una entera: con cabeza y espinas por si quería aprovechar y hacer un caldo. Yo le dije a todo que sí, para no quedar mal. En mi vida había comprado una merluza entera ni había hecho un caldo de pescado.

Tenía hora y media para hacer la comida y enmendar mi error. Mi orgullo me impedía reconocer el olvido y terminar haciendo dos sandwich mixtos. Ya había conseguido la materia prima.

Vi ese pescado maravilloso entre mis manos y no pude hacer los lomos a la plancha: esta merluza fruto de un error se merecía mucho más. Además tenía la cabeza, la espina y necesitaba averiguar cómo se hacía un caldo de pescado. Me armé de valor y busqué en internet recetas. Me decanté por la «merluza a la marinera», compré los ingredientes que me faltaban y pude hacer un plato delicioso. Una hora de concentración mezclando ingredientes; disfruté como una niña haciendo un experimento.

Figura 3. Obra de arte.

¿No os resulta maravilloso que de un olvido haya podido salir esto? Salió rico de verdad, sabroso y el pescado en su punto. Os prometo que nunca había cocinado este plato. Seguí la receta y tuve éxito, qué más os puedo contar. Mi comensal se chupó los dedos, me pidió matrimonio y ahora estamos de crucero por los fiordos noruegos celebrando que la merluza hizo de mí una cocinera de supervivencia sin igual.

Quién me iba a decir a mí que ese día iba a terminar haciendo un guiso de merluza.

Mira lo que le pasó a Ernest Hamwi en la Feria Mundial de St. Louis de 1904: estaba vendiendo una especie de galleta crujiente llamada “zalabia”, justo al lado del puesto de un vendedor de helados llamado Charles Menches. Debido a la gran demanda de helado Menches se quedó sin platos. Hamwi vio la solución fácil para sacar a su vecino de mal trance y le hizo una de sus obleas con la forma de un cono; el cono se enfrió en pocos segundos y Menches le puso encima una bola de helado, feliz solución que en pocos días se transformó en un fenómeno.

O el caso de Spencer Silver, que inventó los Post-it o notas adhesivas, mientras andaba en busca de un pegamento fuerte para usar en la industria aeroespacial y que le salió rana.

Lo mismo pasó con la Coca Cola, el velcro, la penicilina, el LSD, las patatas fritas o el microondas, por ponerte algunos ejemplos. A lo largo de la historia de la humanidad, en la búsqueda del hombre de conseguir un objetivo, éste ha errado; se ha caído, ha desesperado y ha desistido en muchos casos. Algunos de ellos han visto una puerta abierta, un camino alternativo, una luz que no esperaban… Han abierto los ojos descubriendo otra opción, inesperada y exitosa. Sin ninguna duda te diré que «A veces se gana y otras se aprende».

Sí, esta historia me ha hecho pensar: no habré descubierto la penicilina con mi merluza a la marinera, pero a veces ♫ La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida

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