El otro día estuve con mi sobrino de dos años y me hizo pensar, mucho. Aluciné, aún estoy en shock: cómo a tan corta edad se es capaz de manipular y urdir planes tan elaborados, o tan simples, para conseguir lo que uno quiere. ¡Que son dos años de vida! Pienso que con la edad nos volvemos tontos y torpes, no tiene otra explicación: vamos en picado conforme cumplimos años.
Pues la historia es que mi sobrino come poco, o mejor dicho: come lo que él quiere. Es amante del pan y de las galletas: si puede conseguir esto a lo largo del día no le hace falta nada más para echarse al buche. Y claro está, sabe perfectamente que si dice ¡NO! a plàtanos, puré, chocos fritos, peras y yogures con intensidad y determinación, al final conseguirá pan o galletas. Lo tiene comprobado, no falla. Después de probar con 6 platos o frutas diferentes la paciencia del padre o madre falla y ahí está la sonrisita de mi sobrino diciendo por dentro: «lo conseguí, no podéis conmigo«.

Los padres han optado por comprar galletas que llevan fibra, vitaminas y todo lo que puede llevar una galleta para que alimente. ¡Y están más ricas! Mi sobrino ha notado la mejoría en la calidad y ya reacciona como mis gatos cuando abro una lata de mousse de salmón: en cuanto oye el crus crus del envoltorio abre los ojos como dos platos y gira la cabeza hacia donde está el paquetito de galletas: aunque esté a kilómetros de distancia, como los elefantes africanos.
El día que estuve con él nos lo llevamos a comer: una lotería. Lo puse a prueba y no tuve éxito, por supuesto. Había en la mesa palitos de berenjena, que parecían patatas fritas. Le ofrecí uno y se lo llevó a la boca demasiado rápido, claro: él pensaba que eran patatas. Conforme entró en la boca salió del mismo modo, un poco masticado; me lo devolvió y su mirada se me clavó en el alma… Decía: «me has engañado tita, no se me olvidará en la vida«. Menos mal que el camarero trajo la cesta del pan, sino mi sobrino no come ese día.
¿Y si le escondemos el pan y las galletas?: «mira Godofredo, hoy he ido a la panadería y no quedaban bollos, había puré de verduras con pollo. Y de postre un plátano. Qué mala suerte». Los estudios dicen que si está dentro del percentil de crecimiento no hay que alarmarse. A partir de los dos años algunos niños entran en una fase llamada «neofobia» que les lleva a rechazar alimentos que antes tomaban o a negarse a probar cosas nuevas. Aún estando en esta fase dicen los expertos que hay que armarse de paciencia e insistir sin forzar para que prueben comidas diferentes: por lo visto las tienen que probar hasta 10 o 15 veces para que terminen por aceptar estos nuevos alimentos. Y por supuesto si a la madre o al padre no le gusta algo será muy difícil que al hijo le guste: repiten e imitan, es su mantra. En todo, y en la comida no iba a ser menos.
También dicen los expertos que no es aconsejable que le pongas el móvil o la tablet para entretenerlo, que no uses la comida como chantaje para hacer actividades o como premio por hacerlas, que hay que crear un clima relajado y de «charlita» cuando llegue la hora de sentarse a la mesa…Supongo que si eres madre o padre estarás pensando que la teoría dista mucho de la práctica y que depende de tantas cosas… Pues es lo que hay, Alzugaray.
Yo cuando intento iniciar una conversación con mi sobrina de 6 años y le pregunto qué ha hecho hoy en el cole siempre me dice que no se acuerda: fin de la conversación. ¿Cómo voy a mantener una charlita agradable mientras comemos? Le pongo Disney Channel, le compro una bola de la máquina del bar, un sobre sorpresa del chino, el bebé llorón que vale un copón y si come me alegro un montón. Perdón, señores expertos: no pasé el examen de la santa paciencia que hay que tener para ser tita. Por cierto, lo del bebé llorón tiene castañas.
¿Y qué me decís del juego psicológico del pataleo/llanto/morritos cuando no les damos lo que quieren? Aquí me acuerdo de las abuelas/os: lo consienten todo, todo, todo. ¿Cuál es su filosofía-excusa? «Que lo eduquen los padres, total para el tiempo que está conmigo no le voy a decir que no«. De hecho, cuando voy a casa de mis padres para ver a mi sobrina y le pregunto qué ha desayunado me dice sonriendo: «una tostada y un plátano«. Ya sé que es mentira cuando veo a mi madre por detrás muerta de risa escondiendo el paquete de galletas con chocolate. Entre las dos se habían compinchado para mentirme si les preguntaba por el desayuno: adaptación al medio, nivel 3, sin supervisión materna ni paterna con alto porcentaje de éxito y con manipulación de alta cualificación de los allegados más longevos: ¿no es maravilloso?
¡Si es que son más listos que el hambre!, y si no tienen hambre ya la tendrán: abuela, padre, madre…No os preocupéis, sobrevivirán y crecerán como la mala hierba. Y serán más altos y más inteligentes que todos nosotros, los que ya tenemos una edad y que siempre nos preguntamos cómo esta juventud es tan alta con tanta hamburguesa y tanto refresco fluorescente.
Me despido con una máxima que lo resume todo:
«Los niños que crecen con sus abuelos son más felices»
Un visionario
(Porque desayunan lo que quieren).