Cada mañana al despertar, después de una noche atormentada por sueños dignos de una película de terror, donde se mezclan Paco, el frutero de la esquina, mi padre y un león que, tras arrancarnos de un mordisco las orejas, decide hacerse nuestro amigo y llevarnos de pinchos por Bilbao, siempre recuerdo que hay gente que se dedica a interpretar los sueños y se lo creen.
La oniromancia es una antigua práctica que consiste en predecir el futuro interpretando los sueños. La palabra proviene del griego oneiros (sueño) y manteia (adivinación). Aunque tiene raíces en civilizaciones como la babilónica y la egipcia, la creencia de que los sueños son portadores de mensajes premonitorios no tiene base científica.
Siento la decepción, si has soñado que se te caían los dientes no significa que tengas miedo a envejecer, ni soñar con serpientes está relacionado con la traición.
Desde el punto de vista estrictamente científico no sabemos cuál es la función de los sueños. Sabemos que los sueños se producen durante la etapa del sueño REM (Rapid Eye Movement), que es un periodo que se sucede a lo largo de toda la noche, pero sobre todo en la segunda mitad de noche, y es en esta fase donde es más probable que soñemos. Todas las personas sueñan, incluso aquellos que dicen no recordarlo. Pero sobre la finalidad que tienen los sueños no se sabe nada, porque no hay forma científica de estudiarlo.
Las interpretaciones de los sueños son asociaciones culturales sin base científica. Lo que sí sabemos es que durante la fase REM se procesan recuerdos y emociones, por lo que muchos sueños son resultado de estímulos aleatorios del cerebro que intentamos hilar con lógica narrativa, aunque de lógica tiene más bien poca en algunos casos.

Los sueños lúcidos, cuando eres consciente de que sueñas y puedes manipular el sueño, sí se han estudiado científicamente y están bastante documentados. Hay un fenómeno llamado “incorporación onírica”: si tienes sed y no bebes antes de dormir, puedes soñar con ríos o con beber agua. O si suena el despertador, tu cerebro puede meterlo en la trama del sueño.
Si hablamos de literatura, la oniromancia se ha convertido casi en un género propio: existen miles de títulos con diccionarios de sueños que prometen respuestas rápidas del estilo “soñar con agua significa fertilidad”. El gran salto llegó con Freud, que en La interpretación de los sueños (1900) popularizó la idea de que estos desvelan deseos reprimidos. Décadas después, Jung profundizó en esa senda con El hombre y sus símbolos (1964), centrado en los arquetipos universales. Desde entonces, la producción no ha parado: estanterías llenas de manuales modernos que oscilan entre la autoayuda y lo esotérico.
Hay psicoanalistas que, siguiendo la línea de Freud o Jung, dan un valor simbólico a los sueños como proyección del inconsciente. Incluso hay webs, líneas de teléfono y hasta apps que te “interpretan” el sueño del día como si fuera el horóscopo. Es increíble toda la bibliografía que hay: diccionarios, guías, manuales y recopilaciones que aseguran descifrar qué quiere decirte tu mente cuando cierras los ojos. Si sueñas con agua, lo asocian con tus emociones; si sueñas que vuelas, dicen que anhelas libertad; si te caes por un precipicio, supuestamente es miedo a perder el control. La lista es interminable, y siempre con un tono de verdad absoluta que hace olvidar que no hay ninguna base científica que lo respalde.
Y no puedo terminar este artículo sin nombrar El gran diccionario de los sueños, de Rosa Bastida, que asegura que soñar con cebollas significa que “tus lágrimas te conducirán a la sabiduría”: Me quedo muerta…
Samuel Johnson, escritor británico, decía que “Los sueños son burbujas de la imaginación, sopladas mientras dormimos”: yo sólo pido soñar que duermo, y dormir soñando que no tengo que interpretar lo que sueño. Felices sueños.
También puedes leer el artículo en el Huelva Información: https://www.huelvainformacion.es/ana_santos/