El otro día leí que te das cuenta de que te haces mayor cuando después de un ataque de risa te da un ataque de tos. Se me clavó un puñal en el pecho. Yo pensaba que me pasaba porque tengo alergia… Con 41 años y ya estoy notando los primeros síntomas. Son leves, pero van apareciendo poco a poco, como esas canas primerizas que se van juntando como cuando va llegando la gente a un cumpleaños, que te giras y está la sala llena, de repente.
A cada uno le pasa de manera diferente: un amigo mío me dijo el otro día que sin previo aviso se había encontrado con que tenía 60 años. No se había percatado. De un plumazo, y sin máquina del tiempo.
Puedo enumerar lo que he ido observando en mi cuerpo, estoy siendo consciente de ello ahora. Será por la crisis de los 40. Básicamente es la gravedad lo que ha actuado, ni más ni menos: pura física y química. Los tejidos, la piel y el paso del tiempo. Lo que no se puede hacer cuando te pones a pensar en esto es ver fotos de hace unos años: ¡prohibido! Totalmente desaconsejado. Te vas a ver desmejorado/a, puede que más gordo/a y si encima llevabas flequillo te entrarán ganas de cortártelo. Vamos, un cúmulo de despropósitos para que caigas en picado, cuesta abajo y sin frenos. Lo único que puedes hacer si has llegado a este punto es coger una de las fotos y ponerla en el frigorífico para que te sirva como guía. Te puedes proponer un objetivo: perder peso, ir a la pelu o llorar cada vez que abras el frigorífico.
Lo que es increíble es la diferencia que hay entre algunas personas de la misma edad, y ya eso se va notando a partir de los 35-40 años: según te hayas portado con tu cuerpo (hábitos deportivos y de alimentación) y la genética que te haya tocado.
Te puedo poner el ejemplo de algunas famosas y famosos que todos conocemos: los 51 años tan bien llevados de Jennifer López y Jennifer Aniston, los 72 que ya tiene Harrison Ford o los 63 años de Jordi Hurtado. Éste hombre sí que lo lleva bien.
Pero el caso que más me impresiona es el de Vera Wang, diseñadora de moda estadounidense famosa por sus vestidos de novia.

Que sí, que tendrá photoshop la imagen y mil filtros pero que pones una foto de tu abuela, la retocas y no sale igual. Mira las manos, el pelo largo, tan inusual en las personas mayores, ese ombliguito… Yo no lo he tenido así ni con 8 años. Está estupenda la joía. Igual que ver fotos tuyas de hace unos años, esto tampoco viene bien: ver casos de famosos que han hecho un pacto con el diablo y con el bótox. Prohibido también.
Otro signo claro de que los años no pasan en balde es cuando quieres contratar un seguro médico y te cuesta un pastizal. Esto significa que eres más viejo que un bosque, que tienes más años que el hilo negro, pa que nos entendamos.
¿Y qué me dices cuando te ves reflejado en tu padre o en tu madre? Ahí tienes otra señal divina, un regalito. Las mismas piernas, las mismas manías, la distancia del móvil para leer un mensaje, cada vez más lejos…
Estaba dejando lo bueno para el final. No te creerías que te iba a dejar con tan mal sabor de boca ¿no? No quiero amargarte el día, corazón mío (igualita que mi madre). ¿Y qué es lo que sacamos en positivo de cumplir primaveras? El placer de que hayan pasado los años, de que hayas vivido, experimentado y todo lo bueno que sacas de ello. Rupturas sentimentales, viajes inolvidables, ratitos especiales con los amigos, fracasos laborales, éxitos vividos, sueños cumplidos, el premio del reintegro del cupón del sábado (una vez en 41 años) y todo lo que nos queda por vivir. O no. Eso me dijo el otro día un muchacho de 84 años que pinta de maravilla, viendo su cuaderno de bocetos y apuntes. Le dije que guardara todo para cuando se muriera y se hiciera famoso, que lo íbamos a exponer en el museo. Me soltó: a lo mejor te mueres tú antes. Touché.
Pero lo mejor de hacerse mayor es sin duda la tranquilidad de que las cosas cada vez te importan menos. Le das la importancia justa, no como antes que todo te parecía un mundo y hacías una montaña de un grano de arena. Pasotismo en estado puro. Cada uno tiene su escala: unos la tienen calibrada tirando más alto y otros más bajo, según las experiencias vividas, lo aprendido y las expectativas. Clara señal de juventud o vejez es el sentido del ridículo. Si hacer aquagym con tu madre te supone pasar un mal rato es que eres joven, yo diría que por debajo de los 30 años. No falla: la vergüenza ajena cuando estás con tus padres es un síntoma de juventud. Cuando vas cumpliendo años esto va pasando, menos mal.

Yo de mayor cuando haga AquaGYM
Os dejo con un maravilloso poema de José Saramago:
¿Qué cuántos años tengo? -¡Qué importa eso ! ¡Tengo la edad que quiero y siento! La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso. Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido... Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos. ¡Qué importa cuántos años tengo! ¡No quiero pensar en ello! Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros "que estoy en el apogeo". Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos. Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!... ¡Estás muy viejo, ya no podrás!... Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo. Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones se convierten en esperanza. Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. y otras... es un remanso de paz, como el atardecer en la playa... ¿Qué cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas... ¡Valen mucho más que eso! ¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más! Pues lo que importa: ¡es la edad que siento! Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Qué cuántos años tengo? ¡Eso!... ¿A quién le importa? Tengo los años necesarios para perder ya el miedo y hacer lo que quiero y siento. Qué importa cuántos años tengo o cuántos espero, si con los años que tengo, aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno.
¡Hasta luego Lucas!