Todavía no me he repuesto de las barbaridades que sueltan personajillos conocidos cada vez que le ponen un micrófono delante. Terraplanistas, enemigos de la crema solar y hasta convencidos de que nos fumigan desde el cielo con las estelas de los aviones. Lo peor no es que lo digan, sino que se lo amplifiquen todos los medios, como si fueran portadores de una revelación y no de un delirio. Es el pan nuestro de cada día: enciendo la radio, pongo la tele o paseo por las redes sociales y me asalta un desfile de ocurrencias con pretensiones de ciencia. Y si hablamos de política, ya es otro nivel: hay quienes han hecho carrera a base de bulos, fabricando confusión con la misma constancia con que otros fabrican pan. Porque en estos tiempos, basta repetir una tontería las suficientes veces para que acabe sonando sensata.

Vivimos en una época en la que la opinión ha destronado al conocimiento; Cualquiera con buena dicción y un micrófono por delante puede sentar cátedra sobre vacunas, historia o física cuántica, aunque no sepa ni cómo funciona el interruptor de la luz. Platón ya los tenía calados hace 2.500 años: para él, la dóxa, la opinión, era un conocimiento a medio cocer, una sombra del saber verdadero. En su cueva famosa, los opinadores serían esos que, viendo sombras en la pared, se convencen de que dominan la realidad y luego se ríen del que se atreve a mirar la luz.
Aristóteles, siempre más ecuánime, aceptaba que opinar es inevitable, pero no lo confundía con saber. Una cosa es tener una conjetura razonada y otra, muy distinta, es confundir el “me parece” con el “es así porque lo digo yo”. Y ya avisaba: cuando se da más peso a la persuasión que a la prueba, la ignorancia se disfraza de sabiduría.
Los escépticos, por su parte, proponían la suspensión del juicio. Pirrón habría sido un influencer aburridísimo: dudaba de todo. Pero al menos no contribuía al ruido. Su sabiduría consistía en reconocer que todo puede ser refutado. En su mundo no había “cuñados digitales” ni tertulianos de sobremesa.
Los estoicos fueron aún más precisos: Epicteto afirmaba que no nos perturba lo que ocurre, sino la opinión que tenemos sobre lo que ocurre. Si levantara la cabeza y viera las redes sociales, probablemente añadiría: “y tampoco nos perturba tanto la realidad como los bulos compartidos sin leerlos”.
Siglos después, Helen Longino, filósofa de la ciencia, apuntó en la misma dirección: cuando sólo unos pocos acaparan el altavoz y encima repiten lo que ya sabemos que es falso, no hay conocimiento, sólo eco.
Sandra Harding advertía que escuchar voces diversas no debilita la ciencia, sino que la hace más sólida. El riesgo, añadía, surge cuando damos el mismo valor a todas las opiniones, incluso a las que desafían los hechos. Amelia Valcárcel, desde la filosofía política, completa la idea: el poder tiene la capacidad de transformar su opinión en verdad.
Así que, si juntamos a todos, de Platón a Valcárcel, el mensaje es claro: no toda opinión merece el mismo respeto. Respetar al que opina no significa reverenciar lo que dice. El respeto verdadero consiste en escuchar, contrastar y corregir. Lo contrario, esa adoración contemporánea por el “todo vale” y el “cada uno tiene su verdad”, es la puerta abierta a la ignorancia organizada.

Los antiguos temían la ceguera del ignorante, pero los modernos sufrimos la sordera del opinador profesional: no hay nada más peligroso que un tonto con un micrófono.
Por eso conviene recordar al viejo Sócrates: “solo sé que no sé nada”. Al fin y al cabo, el conocimiento no progresa con las voces más altas, sino con las más rigurosas. Y, ya que estamos, cedamos el cierre a Walter Lippmann, con una verdad que aún incomoda: “Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho”.
¡Feliz día!
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