María de Zayas y Sotomayor nació en Madrid a finales del siglo XVI (1590) y fue una de las voces femeninas más notables del Siglo de Oro español. Publicó dos colecciones que hoy nos hacen mirarla como a una adelantada: Novelas amorosas y ejemplares (1637) y Desengaños amorosos (1647). En esas páginas dejó retratos crudos de la vida cotidiana de mujeres que sufrían maltrato, humillaciones y juramentos de honor que desembocaban en tragedia; no eran cuentos dulces de amor cortesano sino crónicas en prosa sobre violencia, engaño y doble moral.
Zayas combinó el entretenimiento novelesco con una intención crítica: muchas de sus narradoras cuentan desde su propia experiencia, advirtiendo a otras mujeres sobre los peligros del matrimonio y del poder masculino. Sus libros intercalan ironía, denuncia social y un examen implacable de cómo las estructuras patriarcales destruyen vidas. En la segunda colección, el tono se vuelve más oscuro y explícito: los «desengaños» muestran que la palabra “honor” se usa a menudo para encubrir violencia y abuso. Esa mezcla de empatía hacia las mujeres y de reproche a la sociedad fue lo que la hizo incómoda para muchos en su tiempo.
No fue solamente que la literatura barroca minusvalorara a las voces femeninas; las obras de Zayas tocaban las heridas abiertas del poder masculino y la institución matrimonial. Entre la moral pública, la vigilancia clerical y la sensibilidad de editores y lectores, muchas obras con crítica social franca sufrieron silencios, reediciones amputadas o simples olvidos. Además, la historia literaria oficial —hasta bien entrado el siglo XX— tendió a priorizar a autores varones y a lecturas que no pusieran en cuestión el orden social. El resultado: Zayas quedó fuera de muchos programas escolares y de buena parte de la tradición canónica, hasta que investigaciones modernas la rescataron.
Es una injusticia doble. Por un lado, privamos a generaciones de lectoras y lectores de encontrarse con una voz que articuló, hace casi cuatro siglos, cuestiones sobre género, violencia y ética pública que hoy siguen en debates abiertos. Por otro, la ausencia de Zayas en la enseñanza es una pérdida educativa: su prosa permite entender cómo se construyeron y normalizaron muchas reglas sociales, y cómo la literatura puede ser una herramienta de denuncia. Si en el aula no aparece quien pone nombre a esos mecanismos, ¿cómo vamos a enseñar a identificarlos? (Spoiler: no basta con pasos didácticos; hace falta valentía curricular).
Aquí viene la conexión con lo que está pasando ahora en Estados Unidos: en las últimas elecciones municipales de Nueva York (2025) ganó un alcalde joven y claramente de perfil progresista. Según los recuentos y análisis de la prensa, una parte importante del electorado joven, incluidas muchas mujeres jóvenes, apoyó a este candidato. Esa realidad electoral ha provocado, entre ciertos sectores y comentaristas, una ola de comentarios que cuestionan la “capacidad” o la “razón” de las mujeres que votaron así; discursos que, en el fondo, buscan desacreditar el voto femenino y devolver la responsabilidad al género en lugar de debatir ideas y políticas. Lo relevante aquí es el paralelismo: tanto en el Madrid del XVII como en el Nueva York de hoy, cuando las mujeres eligen, alzan la voz o actúan colectivamente, hay reacciones públicas que buscan silenciarlas o deslegitimarlas.
La reacción que intenta explicar el voto femenino por “falta de juicio” o por “ser manipuladas” recuerda muy de cerca los argumentos que se usaron durante siglos para negar agencia a las mujeres: eran emocionales, irracionales e incapaces de decisión política autónoma. En la práctica eso tiene efectos perversos: se penaliza a una parte de la ciudadanía por ejercer un derecho y, al mismo tiempo, se distrae del debate real —políticas, propuestas, desigualdades— para centrarse en la presunta incompetencia de quien vota. Esa táctica discursiva es una forma contemporánea de censura social: no te quitan el libro, te quitan la voz.
María de Zayas nos recuerda que la literatura puede ser testigo y arma: testigo de la violencia cotidiana y arma para nombrarla. Si no la estudiamos en el colegio, perdemos una herramienta valiosa para formar mentes críticas frente a las justificaciones de siempre. Y si hoy aceptamos sin pestañear que el voto de millones de mujeres sea objeto de desdén, volvemos a permitir que la historia se repita: silencian voces, culpabilizan víctimas y evitan el debate riguroso. Enseñar a Zayas en las escuelas no es un capricho literario: es poner en el pupitre un espejo para que los alumnos se vean y, con suerte, aprendan a no echar la culpa al espejo cuando algo está roto.


La ilustración que se muestra en la cabecera de este artículo es un extracto del cartel de la obra de teatro «El Grito», realizado por la diseñadora Mercedes deBellard.