Cuando enero moja, buen año se aloja

Así arranca el refranero y así arranca este año, pasado por agua. En muchas culturas, ya sea en los pueblos mediterráneos o en los rincones más remotos de Asia y América, las precipitaciones al comienzo del año se interpretan como señal de abundancia, purificación y prosperidad. En Andalucía, el agua ha devuelto fertilidad a la tierra y refuerza la idea de que un año que empieza empapado promete equilibrio (que todos los santos y santas escuchen mis plegarias).

Tal como está el panorama, cada uno se agarra a lo que puede; yo quiero pensar que el agua que está regando nuestros campos actúa como un bálsamo, un recordatorio de que la vida sigue su curso y de que la naturaleza nos envía señales de renovación, que incluso entre incertidumbres y sombras, la vida encuentra su manera de abrirse camino y de ofrecernos un hilo de esperanza.

No es casualidad que la lluvia al comienzo del año esté rodeada de dichos y de buenas nuevas. «Enero lluvioso, año copioso», decían los antiguos: ellos no miraban apps del tiempo pero sabían leer el campo. Para una cultura agrícola, el agua temprana era sinónimo de despensa llena, de cubas con vino y de graneros con futuro. No era romanticismo, era supervivencia.

En la tradición mediterránea los temporales limpiaban lo viejo y preparaban lo nuevo, como si el año necesitara lavarse la cara para entrar en condiciones. Los romanos lo vinculaban a Jano, el dios de los comienzos, el que abre puertas y ciclos.

Más al norte, en las tradiciones celtas, los chaparrones eran una bendición directa sobre la tierra. No solo hablaba de cosechas, también de fertilidad y de vidas que encuentran su sitio. En muchas culturas asiáticas el agua simboliza riqueza y movimiento: si fluye al inicio del año, fluye todo lo demás. Entre pueblos indígenas de otros continentes era entendida como una respuesta: la tierra había sido escuchada.

Pasear por el campo y respirar el aroma de la tierra mojada, buscar níscalos y maravillarse con esos boletus tan perfectos. Detenerse ante las setas diminutas de rojo intenso, a veces naranjas, y sonreír al pensar en tartas de queso cuando aparece, casi por sorpresa, una russula blanca y morada. Saltar charcos para continuar el paseo y dejarse llevar por los sabores y colores que solo esta época del año es capaz de ofrecernos.

Russula

Empezar el año con el suelo empapado tiene algo de reconciliación; yo elijo quedarme con esa lectura, aunque el mundo insista en desmentirla a diario y el rumbo colectivo no invite precisamente al optimismo. Que la lluvia sea lo único que, por ahora, nos mantenga un poco a flote. ¡Feliz año nuevo!

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