El apellido de la madre primero

Durante mucho tiempo, el orden de los apellidos en España no estuvo completamente fijado y podía variar según las costumbres familiares. Sin embargo, a partir de la implantación del Registro Civil en el siglo XIX se consolidó la norma de colocar primero el apellido del padre y después el de la madre. Hoy esa tradición ya no es obligatoria y las familias pueden decidir libremente qué apellido colocar en primer lugar. Esta posibilidad ya existía desde el año 2000, siempre que los dos progenitores estuvieran de acuerdo y lo solicitaran al inscribir al bebé en el Registro Civil. Si no se hacía esa solicitud expresa, el sistema aplicaba automáticamente el orden tradicional: primero el apellido del padre y después el de la madre.

El cambio más importante llegó en 2017, cuando una reforma eliminó esa preferencia automática. Desde entonces, el orden de los apellidos debe decidirse en el momento de la inscripción del nacimiento. Si los progenitores no llegan a un acuerdo, el Registro Civil puede determinar el orden, pero la ley ya no establece que el apellido paterno tenga prioridad.

En los primeros años tras la reforma, apenas un 1% de los recién nacidos llevaban el apellido de la madre en primer lugar. Con el tiempo la cifra ha ido aumentando poco a poco, pero sigue siendo minoritaria: hoy se calcula que entre un 6% y un 8% de las familias eligen esta opción. Las razones son variadas. Algunas parejas buscan conservar un apellido materno poco común que podría desaparecer en la siguiente generación. Otras lo hacen por simple estética, porque el nombre completo suena mejor en un orden que en otro. Y muchas lo hacen como un gesto sencillo pero significativo, una manera de reivindicar la igualdad en una sociedad todavía marcada por el patriarcado.

En lugares como Francia, Alemania o Italia los padres suelen escoger uno solo, que puede ser el del padre, el de la madre o un apellido compuesto. En Portugal es frecuente que primero figuren los apellidos de la madre y después los del padre.

A mí se me ocurren muchas razones para darle prioridad al apellido materno. Por ejemplo, si te llamaras Carmen Castaña, poner primero el apellido de la madre podría haber evitado más de una broma en el colegio. Lo mismo pasa con nombres como Manuela Vaca, Adrián Pino o Manuel Cagado: elegir otro orden evitaría que la etapa escolar sea un infierno. ¡Qué nos gusta una buena rima!

Si buscamos razones en el ámbito biológico, social y laboral, es fácil ver que la maternidad sigue teniendo un coste que recae principalmente sobre las mujeres. A los cambios físicos y emocionales que implica el embarazo y el parto se suman, en muchos casos, renuncias en la vida social y dificultades para mantener o progresar en la carrera profesional. Aunque la sociedad ha avanzado, la realidad es que muchas mujeres continúan asumiendo una parte mayor de esos sacrificios. Tal vez por eso, poner primero el apellido de la madre podría interpretarse también como un pequeño gesto de reconocimiento a un mérito que, en muchos casos, sigue quedando en segundo plano.

A veces las transformaciones más profundas no llegan con grandes revoluciones, sino con decisiones cotidianas que, poco a poco, cambian la forma de mirar el mundo. ¡Feliz día!

Por: Ana Vaca Gando.

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