Los pelos de punta se me ponen cuando escucho en las noticias los casos de ahogamientos. Llevamos en España este año 303 muertes, la cifra más alta de la última década. La mayor proporción de ahogamientos se produce en las playas y aunque hay riesgo durante todo el año, el 80% de los mismos ocurren en verano.
Las comunidades autónomas más afectadas por orden de sucesos son Andalucía, seguida de cerca por Canarias y la Comunidad Valenciana, Cataluña y Galicia.
El perfil del ahogado en nuestro país sería el de un hombre (la proporción es de 70/30 con respecto a las mujeres) mayor de 55 años en una playa sin vigilancia de la costa. Pero el dato más preocupante es el de los niños de hasta cuatro años: se ahogan frecuentemente en piscinas particulares por falta de supervisión, mientras que los adolescentes suelen ahogarse en entornos naturales (playas, ríos y pantanos).
En la mayoría de los casos, detrás de un ahogamiento hay una imprudencia: no se ha visto el peligro, o se ha visto y se ha pensado que “no será para tanto”. Se ignoran las normas básicas de seguridad, se entra al agua después de comer o beber alcohol, o se intenta impresionar a los amigos saltando desde una roca a doce metros de altura.
– Manolo, por favor, no te metas a lo hondo que tú no sabes nadar, que nos vas a dar el verano y hay maneras menos absurdas de morir-. Sí, frivolizo, lo sé, pero tengo mis razones: yo misma estuve a punto de ahogarme en la Playa de los Muertos, en Almería. Allí había un cartel bien claro avisando de que el baño estaba prohibido, pero cada año muere gente en esa playa. No hay vigilancia y, quienes no conocen la zona, al ver la playa llena de gente, dan por hecho que es segura para el baño sin reparar en las señales de advertencia.

Nos creemos muy listos, pero lo cierto es que no terminamos de darnos cuenta de lo frágiles que somos ante fuerzas que no podemos controlar. Y si a esto le sumas la estupidez, el calor y cuatro cervecitas, más te vale ir avisando a San Pedro para que prepare el papeleo que subes.
No sé si será la edad o las malas experiencias, pero últimamente veo trampas mortales detrás de cada esquina. A día de hoy no me subiría ni al Tren de la Bruja de una feria, mastico las aceitunas como una cobaya por miedo a atragantarme y uso chaleco salvavidas cuando me subo a una embarcación. Ayer mismo vi a una señora en la terraza de un restaurante del Portil atragantarse mientras comía. Fueron segundos de pánico colectivo donde la muerte asomó la cabecita, pero una acción rápida evitó la tragedia. ¿Sabes cómo hacer la maniobra de Heimlich? ¿Te la sabrías hacer a ti mismo si estás solo? Deja de ver vídeos de recetas de magdalenas en TikTok y ponte alguno que te pueda salvar la vida o la de los demás, por si te ahogas con la magdalena.

Bañarse en zonas sin vigilancia o fuera del horario del socorrista, ignorar las banderas de señalización en la playa, meterse al agua después de comer en exceso o haber bebido alcohol, sobreestimar la propia capacidad de nado y alejarse demasiado de la orilla, entrar al agua con condiciones meteorológicas adversas, hacer bromas peligrosas dentro del agua, no usar chaleco o elementos de flotación en embarcaciones o deportes acuáticos, dejar que los niños se bañen sin supervisión adulta, lanzarse de cabeza en zonas desconocidas, intentar rescatar a otra persona sin conocimientos de salvamento ni medidas de seguridad o sacarse una foto en un saliente donde rompen olas que te pueden arrastrar.

Simone Weil decía que “La muerte es nuestra única certeza, pero la ignorancia de ella es nuestra condena.” Quizás, si aceptáramos con más humildad la fragilidad de la vida y el poder de la naturaleza, aprenderíamos a respetar los límites y a prevenir tragedias que, como los ahogamientos, podrían ser evitadas.
Coge tu neverita, con tu pollo empanao’ y tu tinto de verano, la silla, la sombrilla y de postre cuando pase el de los helados te compras un almendrado. Ten un poco de cabeza que la mar está la mar de peligrosa. ¡Buen día!