Frases de madre

Shonda Rhimes, guionista y directora estadounidense, asegura que “ser madre es un acto constante de equilibrio entre lo que eres y lo que otros necesitan de ti”. Y para mantener ese equilibrio no hay ensayo ni red de seguridad. Dicen que ser madre es un viaje maravilloso y, al mismo tiempo, aterrador: una montaña rusa de la que bajarse no es una opción. Yo no puedo evitar pensar en la valentía, la paciencia y la resistencia que las caracteriza. Porque, si no están dominando el mundo, no es por falta de talento: es porque están buscando una cartulina blanca un martes a las nueve de la noche, pensando en tres disfraces imposibles y contestando con calma a la misma pregunta por quinta vez en cinco minutos. Así no hay revolución que prospere. 

En homenaje a ellas quiero destacar esas frases que son comunes en muchas casas y que son bandera, patrimonio oral no reconocido por la UNESCO pero perfectamente merecedor. Ese repertorio que pasa de generación en generación sin necesidad de manual, como si viniera instalado de serie junto al instinto maternal. Frases que han sobrevivido a modas, a cambios de década y hasta a la llegada de internet. Y es que, si algo han sabido hacer las madres además de sostener el mundo, es dejar claro quién manda realmente en casa. 

Porque lo digo yo y punto, que cuando seas padre, comerás huevos. ¿Y si tus amigos se tiran por un puente, tú también? Mientras vivas en esta casa… Esto no es un hotel. Algún día me lo agradecerás. ¿Te lo tengo que repetir veinte veces? Como vaya yo y lo encuentre… ¿Te crees que soy el Banco de España? Con lo que yo te he dado… ¡No me contestes, no! ¡A tu madre no le levantes la voz! Tú verás lo que haces. Ya vendrás pidiendo. Te vas a quedar así para siempre. En esta casa se viene llorado. No soy tu criada. ¿Te has creído que esto se limpia solo? Apaga la luz, que no somos ricos. ¿Qué te cuesta? No tienes nada que ponerte y el armario a reventar. Del suelo no se come. Como te caigas, encima voy y te doy. Te vas a enterar cuando llegue tu padre. Eso es porque no has probado a hacerlo tú. ¿Que qué hay de comer? ¡Comida! Ni fulanita ni fulanito, aquí se hace lo que yo diga. Si pica es que está curando. Esto ya pasa de castaño oscuro. Un día cojo la maleta y me voy. Algo habrás hecho. Un día me vais a matar de un disgusto. Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¡Te cuento hasta tres! ¡Qué leches ni qué niño muerto! Todo lo que me he sacrificado por vosotros y ¿así me lo pagáis? Cuando yo falte os vais a enterar de lo que vale un peine.

– Hola mamá, te he traído el pan y las cebollas que me has pedido. ¿Qué tal el día? – Bien hija, me acabo de sentar. 

Deja un comentario