Ferran Adrià, uno de los cocineros más influyentes del mundo, afirma que “cocinar es cuidar”, y Nigella Lawson, cocinera y periodista del Reino Unido, sostiene que “el acto de cocinar es uno de los gestos más íntimos que existen”. Ambas ideas sitúan la cocina en un lugar que va mucho más allá de lo práctico: como cuidado, como vínculo y como experiencia personal. Sin embargo, ese significado tradicional convive hoy con una realidad en transformación.
Durante décadas, cocinar en casa ha sido parte esencial de la vida, pero los cambios en el ritmo de vida están modificando este hábito. Para entenderlo resulta clave el concepto de gamas alimentarias, que clasifica los alimentos según su grado de elaboración, desde los frescos hasta los de quinta gama: platos ya cocinados, envasados y listos para consumir tras un simple calentado. Estos últimos, cada vez más presentes en supermercados, servicios de comida a domicilio y restauración, no solo facilitan el día a día, sino que están impulsando un cambio profundo en la forma en que nos alimentamos y organizamos el hogar, hasta el punto de abrir un debate que ya no suena tan lejano: el posible desuso de las cocinas en las viviendas.
Mañana tengo cita para reformar mi cocina: si esto que dicen acabara cumpliéndose no sé si convertir mi cocina en un pequeño spa y dejar el microondas en un rincón, para calentar el café de la mañana y la lasaña; una bañera con patas, una tumbona térmica y un recorrido de piedras con ducha de contraste. Sinceramente, creo que a mis amigas les haría más ilusión venir a mi “no-cocina” que degustar cualquier plato que les ponga por delante. Me haría adicta a las bombas de baño, coleccionaría jabones y me llevaría todo el día con la tensión por los suelos.
Pero este plan no me termina de convencer, porque todo lo que rodea a la cocina tiene una magia que no se puede reemplazar: es el sonido de las ollas mientras alguien te cuenta su día, el olor que anuncia que hay alguien esperándote, y esas recetas que pasan de generación en generación y traen al presente a quienes ya no están. Es la excusa perfecta para reunirse, para reírse alrededor de una mesa y para reconocerse en los otros a través de lo cotidiano. Y quizá por eso, aunque el spa suene bien, hay algo en la cocina de siempre que no se puede sustituir: la capacidad de reunir, de cuidar y de construir recuerdos que no vienen envasados al vacío.
Yo no sé si el que ha envasado la lasaña se ha lavado las manos después de ir al baño, o si ha estornudado encima del arroz con curry. Voy a llamar a mi madre, que los lunes hace puchero.
