Los japoneses tienen una palabra difícil de traducir a otros idiomas: ma. No significa exactamente silencio, ni vacío ni pausa, aunque contiene un poco de todo ello. Ma es el espacio entre las cosas; el intervalo que permite que una nota musical tenga sentido después de la anterior, el hueco entre dos palabras, la distancia justa entre dos personas. En la cultura japonesa no se considera una ausencia, sino una presencia. No es lo que falta, sino lo que permite que todo lo demás exista.
En Occidente hemos aprendido a llenar cada rincón de nuestra vida con ruido. Si esperamos un autobús, miramos el teléfono. Si caminamos, escuchamos música. Si viajamos solos, llamamos a alguien. Hemos llegado a interpretar el silencio como un vacío incómodo, cuando durante miles de años fue el estado natural del ser humano.
No es casualidad que muchas tradiciones espirituales hayan concedido al silencio un valor extraordinario. Los monjes budistas practican retiros en los que pueden pasar días o semanas sin pronunciar una sola palabra. No lo hacen para aislarse del mundo, sino para escucharlo mejor.
En el mundo de la inteligencia, la capacidad de guardar silencio siempre ha sido una de las habilidades más valiosas. Un espía competente sabe cuándo observar, cuándo escuchar y, sobre todo, cuándo callar. A veces, la información más importante no es la que se obtiene haciendo preguntas, sino la que aparece cuando uno permanece en silencio el tiempo suficiente.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el silencio fue la norma y el ruido la excepción. Nuestros antepasados podían caminar durante horas escuchando únicamente el viento entre los árboles, el agua de un arroyo o el canto lejano de algún animal. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Vivimos rodeados de motores, pantallas, alarmas, notificaciones, televisores encendidos y conversaciones que nadie pidió escuchar. Quizá por eso el silencio se ha convertido en uno de los lujos más escasos de nuestro tiempo. Hay personas que atraviesan el mundo como una brisa apenas perceptible. Otras, en cambio, avanzan por la vida como elefantes en una cacharrería.
Queridos vecinos del primero: si llamáis a Eric diez veces para que ponga la mesa y no os contesta… ¡Estoy a punto de ir yo a ponerla! No quiero saber si falta tomate frito en la lista de la compra ni cuándo ponéis el temporizador para cocer los huevos; Alexa es una santa y tiene el cielo ganado. Espero que hayáis cogido plaza en los campamentos de verano para los niños. Y para vosotros sería ideal un retiro budista: yo os lo financio. Feliz jueves… Hoy susurrando, sin exclamaciones.
Puedes leer este artículo en el periódico Huelva Información: https://www.huelvainformacion.es/ana_santos/

Ma en Japonés

Silencio