Nuestro cuerpo, nuestro tesoro

Antes incluso de aprender a quererlo, el cuerpo ya ha sido visto, interpretado y devuelto por otros como una imagen que nunca termina de coincidir con lo que sentimos desde dentro. Vivimos, en cierto modo, dentro de un espejo ajeno: aprendemos a reconocernos en reflejos que no hemos elegido del todo. Por eso el cuerpo no es únicamente lo que somos, sino también lo que otros creen ver en nosotros, lo que la cultura insiste en destacar, ocultar o corregir. Esa tensión entre lo vivido y lo observado atraviesa toda nuestra existencia, desde la juventud, cuando es el centro de nuestras inseguridades, hasta la vejez. Y en este intervalo, el cuerpo cambia no solo por el tiempo, sino por las miradas que lo van habitando. 

Para Simone de Beauvoir el cuerpo era una realidad biológica, pero también social y cultural. Decía que no sólo era carne y huesos, sino que estaba atravesado por expectativas, normas y miradas, y que en cada etapa vital experimentamos el cuerpo de manera diferente. Susan Bordo analizó cómo la sociedad disciplina los cuerpos, especialmente los femeninos. Sostenía que los ideales de belleza cambian según la época y que la obsesión por la delgadez o la juventud no es algo natural, sino una construcción cultural. Desde esta perspectiva, el cuerpo se convierte en un proyecto inacabado, algo que nunca parece estar del todo terminado. 

Rita Levi-Montalcini, premio Nobel de Medicina, aseguraba que el cerebro podía seguir creciendo intelectualmente incluso cuando el cuerpo se deterioraba: visión muy útil y necesaria para romper el tópico de la vejez como decadencia.

Y todo esto nace de una vivencia muy concreta: mi primer día de gimnasio después de mucho tiempo sin ejercitarme de manera constante. En este entorno surgieron pensamientos casi inevitables sobre cómo cambiamos con los años y sobre nuestra manera de sentirnos con nuestro cuerpo. “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”. (Rubén Darío).

Allí, en lo cotidiano, esta idea filosófica se volvió experiencia: cuerpos jóvenes y tersos envueltos en licras imposibles que no dejaban nada a la imaginación, dibujando contornos sin heridas ni memoria, de cuerpos aún por estrenar.

Ahora, reconciliada con mis fantasmas del pasado, sólo pienso en la calidad de vida de los años que me queden por vivir: fuerza, resistencia y agilidad para poder saltar muros, subirme a los árboles para ver mejor el horizonte y correr detrás de los que me roben el corazón.

“—Tu cuerpo entero, de un extremo del ala al otro —diría Juan en otras ocasiones—, no es más que tu propio pensamiento, en una forma que puedes ver. Rompe las cadenas de tu pensamiento y romperás también las cadenas de tu cuerpo.” Richard Bach.

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