Las bicicletas son para el verano

Hay títulos que, con el paso del tiempo, adquieren un significado que va mucho más allá de la obra que les dio origen. Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán-Gómez, es uno de ellos. En la obra, aquella bicicleta simboliza la ilusión de un niño que debe esperar tiempos mejores para disfrutar de ella, mientras la Guerra Civil arrebata la normalidad a toda una generación. Décadas después, la frase sigue evocando algo mucho más universal: la promesa de un verano asociado a la libertad, al descanso y a la felicidad.

Sin embargo, el verano no significa lo mismo a los diez años o a los dieciséis que a los cuarenta o sesenta. Cuando somos niños, representa las vacaciones interminables, los días sin horarios, el olor a crema solar de coco, las bicicletas recorriendo las calles hasta el anochecer y esa sensación de que el tiempo se detenía. En la edad adulta, en cambio, el verano suele venir acompañado de otras preocupaciones: el trabajo, la conciliación familiar, las responsabilidades que no entienden de estaciones y un calor que, más que invitar a disfrutar, termina por agotarnos. Ya no contamos los días que faltan para que llegue el verano; en ocasiones, contamos los que quedan para que termine.

Quizá por eso conviene preguntarse cuándo dejamos de vivir el verano como una promesa para empezar a soportarlo como una obligación. Y, sobre todo, si todavía estamos a tiempo de recuperar aquella forma de disfrutarlo, que parecía tan natural cuando una bicicleta era suficiente para sentir que el mundo entero nos pertenecía.

Emily Dickinson dedicó varios poemas al verano, entendido como la plenitud de la naturaleza y también como un estado del alma. Para ella, el verano no era solo una estación, sino un momento de máxima intensidad vital. 

Ana María Matute afirmaba que la infancia duraba más que la vida. Quizá por eso los veranos de entonces siguen ocupando un espacio privilegiado en nuestra memoria. No recordamos únicamente el calor o las vacaciones; recordamos la forma en que mirábamos el mundo.

Recuerdo con nostalgia los veranos con las amigas, las tardes interminables y esas noches con la rebequita, por si refrescaba. La colchoneta roja y azul de loneta era la estrella de la playa y nunca me supo tan rico un bocadillo de tortilla bajo la sombrilla. Aún puedo sentir el frío de la arena en los pies de madrugada, cuando nos acercábamos a la orilla con la música sonando de fondo. Besos robados, risas sin filtros y la nariz quemada por el sol.

No sé en qué momento empecé a poner las noticias en la radio en vez de escuchar a Cristian Castro: entre los incendios, las olas de calor, el clima político y lo difícil que es quedar con las amigas, entiendo que haya desaparecido esa chispa que hacía de los veranos algo especial. Quizá la solución no esté en hacer grandes planes, sino en recuperar el valor de las cosas sencillas: coger la canoa de Punta Umbría, pasear por la playa al atardecer, saborear un helado mientras paseas por la ría o disfrutar de una noche de pesca. Al fin y al cabo, las bicicletas siguen siendo para el verano; lo que hemos olvidado, tal vez, es cómo disfrutar del camino.

Deja un comentario